jueves, febrero 04, 2010


Mi padre nunca tendrá twitter

Mi padre nació en 1935, pocos meses antes de que empezara la guerra.  
Mi padre no entendería twitter, se cachondearía si lo viera, ni siquiera tiene móvil ni lo quiere. Él es de los de irse directo a hablar con quién sea. Cara a cara, llamando a la puerta sin más. 
Mi abuelo, su padre, fue pescador toda su vida, así que durante la posguerra las cosas no fueron demasiado boyantes. De hecho mi abuelo tuvo que irse a la costa francesa a pescar para poder ganarse el jornal, algo que le costó una detención digamos poco amistosa, con paso por campo de retención incluido. Pero esa es otra historia.

Empezó mi padre a hacer pequeños trabajos a los once años, como muchos niños de aquella época, ni más ni menos. Y por supuesto no pudo cursar ningún tipo de formación superior ni por asomo. Desde muy joven hacía chapuzas para toda la familia, arreglos de madera, chapa o lo que se pusiera por delante. Así que para compensar su falta de estudios se hizo unos cursos a distancia como, por ejemplo, soldadura. 
El resultado fue que a lo largo de las siguientes décadas se ganó la vida dejándose la piel en un oscuro taller hasta que se jubiló a los 67 años, hace ahora ya siete. 

Durante su vida profesional fue muy respetado tanto por clientes como por proveedores y empleados. Y eso que mientras trabaja se transforma. Conoce de primera mano el significado de palabras como esfuerzo, sacrificio y exigencia. Y sobretodo es eso, muy exigente. Para él, un trabajo no está bien hasta que no está perfecto, insuperable.
Pero pide lo mismo a los demás y se indigna hasta límites que rozan el enfrentamiento personal. No tolera a los que no se esfuerzan en hacer las cosas bien. No puede con los que no dan la cara. No soporta a la gente que vive del cuento y del pelotazo a cuenta de la especulación y el engaño. Le duele porque sabe lo dura que puede llegar a ser la vida.

Así que ya ven, por mis venas corre sangre de clase trabajadora, pero sin heroicidades. Y claro, alguna cosa se tenía que heredar. Sucede que a mi también me indignan la mayoría de las cosas que ponen a mi padre muy nervioso. 

Me pone a cien el empresario que malgastando a espuertas a la vez consiente despidos injustos. Me pone enferma la empresa que tiene una sobrecarga de inútiles, pero hijos y sobrinos, en la dirección y echan a la mitad del personal del almacén o que echa a fijos para coger ETT's. No soporto a los que gastando fortunas en exotismos niegan un calefactor a la oficinista que pasa facturas al ordenador. No acepto al nuevo rico que llenó el aparcamiento de cochazos como cualquier ignorante y ahora dice que para mejorar la competitividad tiene que reducir la plantilla. 
No son topicazos, sé de lo que hablo.

Y por supuesto, por encima de todo, no puedo con los trepas, esas sanguijuelas capaces de embaucar a la dirección más bisoña y que son capaces de acumular cadáveres en el camino a cambio de un puesto. Escoria pura. Reniego de ellos.

El tiempo va dando y quitando, aunque a veces sólo sirva para poner la razón en el lugar que le corresponde. Más de uno está pagando los excesos de años anteriores, las alegrías en el malgasto y el derroche. La inexistencia de análisis en la toma de decisiones. Las inversiones exóticas e inoportunas, el exceso de apalancamiento para poder vaciar la caja y aventuras más que discutibles. 
Y por supuesto que no estoy generalizando, cargo sólo contra éstos, no digo que todos sean iguales ni mucho menos. Pero, puñetas, por favor, rigor en la gestión y compromiso con lo que se hace. 

A ver si todo esto sirve para poner un poco de orden y que la lección sirva para algo y quede durante mucho tiempo en las cabezas de los que puedan sobrevivir.